en
direcciones opuestas, paralelas, pocas veces cruzadas.
Vivimos
en una ciudad tan pequeña,
y
son tan pocas las veces que nos hemos cruzado sin planearlo.
Para
mi bien, para mi mal.
Pero
ayer fue uno de esos días.
Noté
tu presencia ya muy tarde, a unos pocos metros,
totalmente
desarmada, sola,
sin
más escudo que mi misma.
Vos
tampoco supiste que se hacía en esos casos,
en
los que el destino maligno te pone en frente alguien del pasado,
alguien
que una vez conociste de una manera que nadie más lo ha hecho,
con
mayor detalle que aquella que me parió.
Como
un par de torpes criaturas, desconocimos el protocolo de los examantes.
Para
mi sorpresa, a vos tampoco te dio tiempo de huir o desenvainar la espada de la
indiferencia.
No,
definitivamente fue muy tarde para ambos.
A
penas y me miraste a los ojos y sin saber que hacer nos aproximamos,
rozamos
nuestras mejillas y nos dimos algo muy parecido a un abrazo,
dejando
un espacio de aire entre nuestros pechos,
para
no delatar como el par de corazones latían excitados.
Intercambiamos
un par de palabras, vanas, sin importancia,
para
que no se escurriera de la boca un
--¿Dónde
habías estado? Vamos por un café y te cuento cuánto te he extrañado. —
En
cambio vomitamos un par de preguntas que no recuerdo
y
con urgencia seguiste para el norte y yo para el sur,
no
sin antes tratar de leer rápidamente en nuestros ojos pequeños alguna pizca de
anhelo.
Creo
que la vi,
incluso
una invitación que no atenderé.

No hay comentarios:
Publicar un comentario